Fragmento de la canción de las dos reinas.


Hola vieja amiga. Hoy me retiro derrotada a mi barco, y navegaré muy lejos. Hoy me voy a lamer las heridas. Ninguna magia de rastreo me encontrará. Ninguna de tus triquiñuelas. Ni siquiera tus leales bestias. Hoy me pierdo entre la niebla. Las mareas me llevaran bien lejos. Pero no dudes que volveré.

Ahora me toca coger fuerzas. Cada día creceré, cada día aprenderé, cada día estaré más preparada. Sudaré, sangraré, llorare y gritaré. En mi isla me recuperaré. Golpearé cada roca con la espalda, apuntare a cada flor con mi arco, mi magia iluminará la isla. Día y noche. Caeré rendida todos los días, pero lo conseguiré. Esta vez no me hundiré en la desesperación.

Dame una buena pelea hermana. Al menos sal por la puerta grande. Y cuando te vayas, llévate tu maldad, tus mentiras, tus conspiraciones y todo el daño que le causaste a mi reino.

Adiós hermana, disfruta del tiempo que te queda. Voy a volver a por ti y a por lo que es mío. Mi honor, mi hermano, mi vida. Todo.

Nadia leyó de nuevo el papel que su hermana había dejado al salir huyendo. Aun le dolían las heridas que el combate con su hermana le había dejado.
—¡Estúpida Diana! — gritó por la ventana. — La reina soy yo. Me he ganado el puesto por derecho. Llevo muchos años preparándome para esto. He trabajado por el bien de este reino desde que cumplí doce años.
Con un alarido, de su mano surgió una llamarada que incineró la carta de su hermana.
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A mucha distancia de allí, Diana golpeó con furia un tocón viejo. La ira la consumía. Los brazos le ardían y algunas de sus heridas habían empezado a sangrar.
—¡Diana descansa! —dijo una voz autoritaria a su espalda. Era Anita, su pareja y compañera. Además, era una de las más sabias curanderas del reino. El reino que había dejado atrás…. Sacudiendo la cabeza, Diana siguió golpeando el tocón con los puños. De pronto, una barrera apareció entre ella y la vieja madera. Girándose, observó a Anita, que estaba con el ceño fruncido y las manos levantadas.
—Creo haberte dicho que pares. — dijo Anita, con el mismo tono autoritario. No te he curado todas las heridas para que te las abras de nuevo siendo una irresponsable.
Diana, sin decir una palabra, se encaminó hacia el barco en el que dormían. Desde que abandonaron el puerto de Hestia, Diana no había pronunciado palabra. Tendrían que cerrársele las heridas más profundas.
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En el puerto de Hestia aun ardían varios edificios. Nadia trataba de apagar las llamas que quedaban. De sus manos salían potentes chorros de agua, pero ya estaba cansada. Llevaba varias horas tratando de reparar los daños que la pelea con Diana había dejado.
—Estúpida Diana. — suspiró. —No ha entendido nada. Si sólo hubiese confiado en mí…. Dani no estaría en ese sueño mágico. Y el duque se acerca por el Oeste. Ahora me toca defender el corazón de Hécate a mi sola.
Lanzó un potente silbido y un enorme dragón negro se posó a su lado. Nadia se montó y juntos volaron hacia la silueta del castillo que se alzaba por encima de las casas, algunas de las cuales aún ardían.
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Anita miraba al cielo. Tenía sentimientos encontrados. Tenía que proteger a Diana, pero su misión era bien distinta. Tras la pelea de las reinas hermanas, Anita había recibido la tarea de proteger el medallón de Artemisa.
Las poderosas energías mágicas que se habían desatado hace dos días en el puerto de Hestia habían debilitado las barreras que protegían las reliquias de las diosas antiguas. Los pilares del orden del reino. 
Nadia se había quedado con el corazón de Hécate mientras que Diana y ella tenían el medallón de Artemisa. La tiara de Afrodita y el manto de Deméter habían partido en diferentes barcos, custodiados por las cuidadoras del templo. Todo ello por alejar todas las reliquias de la influencia del Duque, quien solo quería la corona que compartían Diana, Nadia y Dani.
Se puso en pie y se dispuso a buscar a Diana y calmarla. Ahora necesitaban cordialidad.
Lo que Anita no sabía, es que Diana tenía sus propios planes. Herida en su orgullo, en su huida, había dejado una nota a Nadia. Y Diana siempre cumple sus promesas.

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