Delirio 2
Amargura
Gritos,
gritos, disparos y más gritos. La gente chilla, corre, huye despavorida. Más
disparos, más gritos, más gente corriendo. Todos intentan huir. Yo no, yo no
salgo de mi escondite. Si me encuentran fin del juego. Pero no quiero huir. No quiero ser uno más. Solo
quiero vivir de una manera distinta. Oigo pasos, ahora nadie grita. Los pasos
se acercan. Y yo me esfuerzo en no hacer ningún ruido. Intento evitar hasta
respirar. Cierro fuertemente los ojos y cuento hasta cien mentalmente. Ahora
también hay voces hablando. Dejo de contar. Y me pongo casi inconscientemente a
rezar. Y de pronto, los pasos y las voces se alejan. Abro poco a poco los ojos.
Y mientras me vuelve a latir el corazón agudizo el oído. Vuelve a haber gritos
y disparos. Y ahora, además, algo en el aire huele raro. Es la desesperación de
todos. Incluida la mía. Vuelvo a cerrar los ojos y sigo rezando. Esta vez
durante media hora, una hora, dos horas. Ya no hay disparos, ni gritos, ni
desesperación. Ya no queda nada. Es mi momento. He de salir ahora o nunca. Poco
a poco pongo un pie fuera de mi escondite, luego el otro. Quizás mis plegarias
hayan funcionado. Quizás no. Pero no me importa, estoy vivo. He vencido. Pero
es una victoria amarga. Las calles están plagadas de muerte. No queda nadie. Y
una niebla cubre la ciudad. Camino sin rumbo durante horas. Buscando comida y
bebida. Por el camino he encontrado a otros como yo. Victoriosos, tristes y
hundidos. Y caminamos todos juntos. Resistiendo lo que vemos. Resistiendo el
hambre y buscando a aquellos que como nosotros han ganado. La niebla se cierra
aun más sobre nosotros mientras vuelvo a notar ese olor en el aire. El olor de
la desesperación. Y de repente un aullido rompe el silencio y hasta la niebla.
Nunca imagine a una criatura capaz de producir semejante sonido. Nunca creí
posible tanto dolor concentrado. Y entonces nuevos gritos se unieron al
primero. Pronto comprendí que eran esas
criaturas. Eran madres, mujeres que encontraban a sus hijos entre los caídos y
querían expulsar el dolor de su alma, sin saber que este no se marcharía nunca
e incluso les quitaría más. Madres que acababan de recibir heridas en el alma
que acabarían matando todo lo que querían, hasta acabar con ellas. Mire a mí
alrededor. Todo el mundo estaba pensativo. Unos pensando en sus padres, otros,
en sus hijos. Y yo, yo pensaba en todo
el mundo en general.
Los
siguientes momentos pasaron muy rápido. Llegó ayuda y todo paso a ser un mar de
confusión y personas que iban de aquí para allá. Ahora, años más tarde, frente
al destino que esquivé aquel día me enfrento al hecho de haber contemplado el
horror más absoluto y de no haberlo comprendido. Ahora, mas viejo y más sabio
entiendo que la muerte nos afecta a todos independientemente de quien sea él
que muera.
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